El apego

El apego es un vínculo emocional que se va a desarrollar en el recién nacido de forma instintiva y que se irá fraguando, especialmente, en los primeros años de vida, en relación con los cuidado físicos y emocionales recibidos de sus progenitores o personas encargadas de su cuidado, que afectará al buen desarrollo de su personalidad.

Nacemos dependientes e indefensos, pero altamente receptivos e impresionables, con un repertorio de conductas innatas como son la succión, las sonrisas reflejas, el balbuceo, la necesidad de ser acunado y el llanto; para conseguir la atención y el cuidado de nuestros progenitores y vincularnos con ellos.

Si estas necesidades son atendidas con sensibilidad, de forma calmada y sintonizada con los diferentes estados físicos, emocionales y temperamentales de cada bebé, se van a sentar las bases de un apego seguro.

Esto va a favorecer a una óptima regulación del sistema nervioso y el establecimiento de una comunicación emocional positiva, facilitada por las llamadas neuronas espejo, que se van a activar a los pocos días de nacer y empezarán a reflejar o simular la misma actividad que se produce en el cerebro de los progenitores o personas responsables de su cuidado; estimulando la secreción de la oxitocina, que es la hormona de la conexión afectiva y amorosa.

Con la repetición, el niñ@ va interiorizando en su memoria, todavía inconsciente o implícita, un modelo mental de seguridad, bienestar, previsibilidad y confianza; que le ayudará a desarrollar la capacidad de aprender a autorregularse física y emocionalmente y confiar en las personas cercanas, que más tarde trasladará a otras relaciones y situaciones, permitiéndole explorar el mundo con la seguridad básica que ha interiorizado de sus figuras de apego para enfrentarse a la vida con curiosidad, tranquilidad, autonomía, empatía y fortaleza.

En cambio, en el apego inseguro, el vínculo se ha podido dañar porque la persona o personas encargadas de la crianza del bebé se han podido relacionar con frialdad, rigidez, brusquedad, negligencia, abuso, imprevisibilidad o sobreprotección; no sabiendo atender adecuadamente las diferentes necesidades del infante, dificultando el aprendizaje de una buena autorregulación emocional y facilitando la interiorización de una representación mental de inseguridad o amenaza del contacto traumático con las figuras de apego, conplicando o bloqueando la estimulación de la hormona de la conexión afectiva y amorosa: la oxitocina.

Con el tiempo, se generalizará a otras relaciones y circunstancias con una variedad de respuestas defensiva basadas en el ataque, la huida o la sumisión, que en su momento fueron las más ajustadas para adaptarse a unas circunstancias confusas, ya que no había un referente de protección, seguridad y amor.

Con el correr de los años, si no hubo una figura o figuras cercanas de apoyo y seguridad que hayan podido reparar y suplir esos huecos o vacíos emocionales, seguirán manifestándose en cómo la persona afronta las dificultades, nuevos desafíos, de una forma deficiente, agravando la sensación de inseguridad, miedo y falta de amor.

Dependiendo de lo dañado que esté el vínculo, podemos hablar de un estilo, un patrón o un trastorno de apego que se clasificará dependiendo de cómo hayan sido los cuidados físicos y afectivos: ansioso-ambivalente, evitativo, aislado y disociad o desorganizado.

Hablaré de ellos en próximos posts.

Para concluir, me gustaría resaltar la gran la importancia que tiene el vínculo de apego en la salud mental de las personas. Aunque la mayoría de las veces se pueda reparar en psicoterapia, va a suponer un gran esfuerzo y trabajo por parte de la persona afectada, ya que el proceso terapéutico va a consistir en sanear y rehabilitar o remodelar toda la estructura de la personalidad

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