Episodio depresivo

Un episodio depresivo es como un pesado fardo que aplasta la realidad de cualquier persona, afectando a su sentir, pensar y estar en el mundo.

Todavía se desconoce el origen, aunque se supone que puede ser debido a la suma de varios factores: una vulnerabilidad genética, psicológica y social; y la presencia de una situación estresante mantenida a lo largo del tiempo o de un suceso de gran impacto traumático, que rompe el equilibrio emocional.

Dependiendo del peso de cada factor y el tipo que sea, la duración y el malestar van a variar aunque, en mayor o menor medida, se van a caracterizar por una pérdida de la energía vital y el significado de la propia vida, pudiendo llegar en las depresiones graves a la desesperanza, que es la antesala del suicidio.

Se pierde la voluntad de hacer lo que se hacia antes con diligencia y agrado.

Lo que se disfrutaba, ahora entristece o disgusta porque no se siente nada.

Los pensamientos se vuelven pesimistas, rumiantes y desesperanzadores.

El cuerpo se resiente, aflorando una variedad de dolencias físicas, sin causa orgánica.

Se pierde el interés, la concentración, apareciendo lagunas en la memoria.

La actitud va a ser de aislamiento porque la persona se siente sin ánimo y piensa que no tiene nada qué decir y aportar.

Es un estado muy incapacitante y poco comprendido por la persona afectada y su entorno más próximo.

Muchas veces no se sabe a qué es debido y cómo empezó, ytampoco qué hacer y decir para reconfortar y ayudar a la persona.

Y esta a su vez se siente incomprendida, culpable y angustiada por su impotencia y por el malestar que genera.

El tratamiento tiene que ser personalizado, donde vayan de la mano lo farmacológico, lo psicoterapéutico y el apoyo social;
siendo la familia un soporte esencial en todo el proceso.

Primero detectando los primeros síntomas y, una vez establecida, aceptar y permitir la expresión de los sentimientos depresivos, reconocer el sufrimiento y ayudar a la persona a que siga las indicaciones médicas y psicoterapéuticas para prevenir su cronificación.

La familia tiene que amoldarse a una realidad triste y desgastante, porque es un proceso lento, con avances y retrocesos; por lo tanto, es necesario una actitud de compresión, afecto y tranquilidad, sin olvidar el propio autocuidado que cada miembro tiene que llevar a cabo para no caer en el enfado y la desesperación.

Tanto la persona como sus allegados deben tener la certeza que al final de la tempestad viene la calma y, esta calma puede traer un gran enriquecimiento personal y fortalecimiento en los vínculos familiares, porque todos han remado juntos y en la misma dirección, que es el bienestar de cada miembro de la familia y, por ende, del familiar.

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