Apego seguro

Los padres no tienen que ser perfectos, pero sí suficientemente buenos para que los hij@s puedan desarrollar una buena vinculación afectiva, sin la cual no van a poder adquirir una buena relación emocional consigo mismo, ni con los demás.

Es un hecho que todos los progenitores, como humanos que somos, cometemos errores, pero lo importante es darse cuenta, aprender de la equivocación y reparar el daño.

Como prevención considero tres aspectos muy importantes:

El primero sería 𝐭𝐨𝐦𝐚𝐫 𝐜𝐨𝐧𝐜𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐩𝐫𝐨𝐩𝐢𝐨𝐬 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐝𝐨𝐬 𝐞𝐦𝐨𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥𝐞𝐬 a la hora de relacionar con los hijos y desarrollar la capacidad de autorregulación para establecer una buena conexión emocional, transmitiendo de esta manera la autorregulación que necesitan para que gestionen eficazmente sus propias dificultades.

El segundo, sería conveniente hacer un ejercicio de 𝐫𝐞𝐟𝐥𝐞𝐱𝐢𝐨́𝐧 𝐬𝐨𝐛𝐫𝐞 𝐥𝐚𝐬 𝐞𝐧𝐬𝐞𝐧̃𝐚𝐧𝐳𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐡𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐫𝐢𝐨𝐫𝐢𝐳𝐚𝐝𝐨 sobre la forma de educar y disciplinar, entendiendo el sentido y el por qué de ese estilo educativo, cómo nos ha afectado y qué podemos hacer para mejorarlo para acabar con un ciclo de educación y disciplina que no tenga en cuenta la subjetividad de cada niño@ y el momento presente.

Por último, los progenitores deben ser conscientes de que la mayoría de 𝐥𝐨𝐬 𝐡𝐢𝐣@𝐬 𝐝𝐞𝐬𝐜𝐨𝐧𝐨𝐜𝐞𝐧 𝐞𝐧 𝐩𝐫𝐨𝐟𝐮𝐧𝐝𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐥𝐚 𝐭𝐫𝐚𝐲𝐞𝐜𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐯𝐢𝐭𝐚𝐥 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐩𝐚𝐝𝐫𝐞𝐬, sus aciertos, sus equivocaciones, así como las cicatrices emocionales que llevan en su interior y de las presiones presentes que pueden afectar a tener siempre una buena disponibilidad. Sin este conocimiento, los hijos pueden malinterpretar o fantasear sobre realidades que no se ajustan a lo que verdaderamente fue o es, afectando negativamente al vínculo emocional. La forma de solventarlo sería 𝐟𝐨𝐦𝐞𝐧𝐭𝐚𝐫 𝐞𝐬𝐩𝐚𝐜𝐢𝐨𝐬 𝐲 𝐭𝐢𝐞𝐦𝐩𝐨𝐬 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐚𝐫𝐭𝐢𝐝𝐨𝐬, 𝐝𝐨𝐧𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐮𝐧𝐢𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐟𝐥𝐮𝐲𝐚 en ambos sentidos con interés, curiosidad, empatía y cariño.

Para finalizar, me gustaría recalcar una serie de necesidades que se tienen que cubrir especialmente durante los primeros años, sin bajar la guardia, hasta bien entrada la juventud:

𝐎𝐟𝐫𝐞𝐜𝐞𝐫 la seguridad de un ambiente familiar estable y seguro donde los padres estén presentes de manera previsible, tanto física como emocionalmente. Padres amorosos que aceptan, validan y apoyan a sus hijos van a introducir en sus sistemas nerviosos la sensación de seguridad, relajación y confianza. Nadie es despreciado, las discusiones se establecen dentro de los límites razonables, nadie fallece, ni abandona o deja al niñ@ solo durante mucho tiempo. Si no es así, se puede establecer la base de un mal apego que se manifestará en un malestar crónico, debido a la ansiedad que produce el miedo al abandono físico o emocional, el rechazo o el contacto con los demás, afectando gravemente la autoestima.

𝐅𝐨𝐦𝐞𝐧𝐭𝐚𝐫 en casa como en los centros educativos las relaciones con los demás; desde el respeto, la compresión, la empatía, la cooperación y el sentido crítico. Donde nadie se sienta excluido, abochornado o poco atendido.

𝐀𝐥𝐞𝐧𝐭𝐚𝐫 la autonomía para que adquieran la habilidad de separarse y funcionar con independencia en el mundo, sentirse competentes y adquirir un buen concepto de su identidad, siendo el antídoto contra la dependencia emocional y la vulnerabilidad.

𝐑𝐞𝐟𝐨𝐫𝐳𝐚𝐫 positivamente la libertad de expresión y la gestión de las necesidades personales, así como todo tipo de emociones y sentimientos; como es la expresión del amor, la alegría, el miedo, la ansiedad, la tristeza, la culpa, la vergüenza, la envidia, la ira (siempre y cuando no se llegue a la violencia física) y, las inclinaciones naturales de cada niñ@.

𝐄𝐝𝐮𝐜𝐚𝐫 con limites realistas para que tengan la capacidad de entender y de tener en cuenta las necesidades de los demás y de mantener un equilibrio justo entre las propias necesidades y las de los demás, bloqueando de esta manera la sumisión y la grandiosidad.

𝐌𝐨𝐭𝐢𝐯𝐚𝐫 el ejercicio del autocontrol y la disciplina para alcanzar objetivos; previniendo el fracaso, la frustración y el castigo de la sociedad.

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