Función del padre en el apego seguro

La función de una madre empieza con la importancia que le dé al autocuidado físico y emocional para llevar a buen término la gestación de su embarazo, con la ayuda inestimable de la figura paterna o de un referente que le dé apoyo y seguridad.

La mirada materna va a ser la primera en darnos la bienvenida a la vida, con su cálido y nutritivo contacto, su olor intransferible, su voz familiar, el arrullo tranquilizador, como el latir de su corazón que nos va a hace sentir que seguimos estando en casa.

«𝑻𝒐𝒅𝒐 𝒆𝒔𝒕𝒂́ 𝒃𝒊𝒆𝒏, 𝒏𝒐 𝒕𝒆𝒏𝒈𝒂𝒔 𝒎𝒊𝒆𝒅𝒐, 𝒂𝒒𝒖𝒊́ 𝒆𝒔𝒕𝒐𝒚 𝒚𝒐 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒄𝒖𝒊𝒅𝒂𝒓𝒕𝒆 𝒚 𝒑𝒓𝒐𝒕𝒆𝒈𝒆𝒓𝒕𝒆».

La madre nos enraíza con una raíz muy profunda y gruesa hasta el fin de nuestros días, siendo muy doloroso el momento de su arranque, aunque esa fuerza invisible la llevaremos siempre muy dentro de nosotros debido al amor y la protección que nos transmitió.

La segunda mirada es la de la figura paterna, que va a romper la unidad de esa fusión creada entre el bebé y la madre, estableciendo un contraste de miradas y afectos, tan necesarios para acoger la diversidad de la vida y la reafirmación de la identidad.

Aunque ambos progenitores tienen las mismas responsabilidades en la crianza de los hijos, existen ciertos matices en sus funciones, condicionadas por las propias bases biológicas: el padre lleva inscrito en sus genes la fortaleza del cazador y el fuego del guerrero, que protege y defiende a su prole y la madre lleva inscrito la fortaleza de la resistencia, el tesón, la espera, el dolor, esenciales para sostener y armonizar el cuidado de la familia.

Las dos miradas son esenciales para el buen desarrollo y equilibrio emocional de los hij@s.

Con relación a la función del 𝐚𝐩𝐞𝐠𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐩𝐚𝐝𝐫𝐞 a lo largo de la historia ha pasado por diferentes momentos condicionados por el momento histórico, la cultura de cada país, la hegemonía del mundo masculino y la entrada de la mujer en el mundo laboral.

El papel que ejerció durante años era de una autoridad estricta y temerosa, que no daba cabida a lo emocional, derivando todo ello en mucho sufrimiento y conflicto generacional. Los hijos veían la figura del padre como anticuada y amenazante, con el deseo de desapegarse con prontitud, inconscientes de los peligros que acarreaba la soledad del desapego.

Otro prototipo de vinculación es el padre que está física y emocionalmente ausente, debido al trabajo, enfermedad, aficiones, miedo a enfrentarse a los conflictos; o por comodidad. El resultado de esta carencia es la probable extrañeza que sienten entre si los miembros de la propia familia, aunque vivan en la misma casa, con el peligro añadido que los hij@s puedan buscar fuera del hogar o dentro de ella, vía internet, modelos a seguir poco adecuados.

Un tipo de vinculación más moderna es el padre colega, que trata a los hijos de tú a tú, que están dispuestos a sacrificar el respeto por miedo a perder el cariño de los hijos; creando mucha confusión en ellos, ya que necesitan de una autoridad respetuosa que los repruebe por los malos comportamientos, los fortalezca ante la frustración y los anime en la consecución de la autonomía.

Por último, está el padre que se anticipa los peligros y necesidades potenciales del niño, anulando su capacidad de aprender por si mismos ante el error y superar la frustración, consiguiendo que los hijos se aíslen debido a la inseguridad que sienten por la intromisión y la sobreprotección.

Ninguno de estos estilos de apego son buenos referentes de vinculación, ya que alejan, ignoran, confunden, y asfixian, característico del apego inseguro.

Los hijo@s necesitan un modelo paternal seguro, que demuestre amor, aceptación, confianza, empuje, al tiempo que establezcan unos límites y q sean coherentes en su aplicación porque así van a propiciar un buen equilibrio entre confianza y protección.

Con relación a las chicas, generalmente será la madre su modelo referencial, pero el cariño manifestado, la valoración, la franqueza y los límites del padre, van a facilitar el significado de ser mujer, de sentirse a gusto con su propio cuerpo y ponderada en su quehacer, influyendo más tarde en la vinculación romántica, donde la hija buscará consciente o inconscientemente una pareja que de alguna manera refleje el modelo que ha conocido de su padre, su primer amor.

Para los hijos varones, va a ser una figura de referencia esencial porque los va a ayudar a madurar en su fortaleza masculina, facilitando, entre otros aspectos; el desarrollo del sentido del honor, la rectitud, la sumisión a la ley y a la autoridad, la laboriosidad, la lucha y superación de los obstáculos, rebelarse ante las injusticias, aprender a proteger a los más débiles y siendo fuerte con los fuertes.

Al igual que con la primera mirada de la madre, el padre, si es suficientemente bueno, también nos va a enraizar con otra raíz gruesa y profunda hasta el final de nuestros días.

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