Vivir con propósito

Vivir con propósito es utilizar nuestras facultades para la consecución de las diferentes metas que hemos elegido para nuestra vida.

 Lo contrario sería vivir a merced del azar, con una actitud ante la vida pasiva o reactiva, no orientada al cambio.                 

Por lo tanto, si queremos que algo funcione, debemos tener el propósito consciente de que funcione. Para ello es necesario elaborar un plan de acción donde esté presente la autodisciplina y perseverancia con el objetivo de conseguir lo que queremos

 Si no tenemos un plan de acción, no vamos a poder controlar nuestro progreso, comparar nuestras intenciones con los resultados, modificar nuestras estrategias en respuesta a la información que nos va llegando y ser responsable de los resultados que consigo

Esto es fácil verlo en nuestras actividades laborales, pero no tanto en las relaciones afectivas. Porque pensamos que, con el amor basta, que el paso del tiempo lo arregla todo y, si ello no es posible, tendremos que apechugar con la suerte que nos ha tocado, mirar para otro lado o tirar todo por la borda.

Por ejemplo, en el ámbito de las relaciones de pareja; si deseamos que nuestra relación funcione deberíamos preguntarnos qué plan de acción sería necesario llevar a cabo para seguir manteniendo viva la llama del amor o cómo podríamos solucionar los conflictos existentes.

Para ello, será necesario preguntarse:

 ¿Qué acciones estamos dispuestos a adoptar para conseguirlo? ¿Qué acciones desea cada uno en su pareja? ¿Qué piensa cada cual que tiene que hacer el otro para mejorar?

Esta misma línea de reflexión la podemos llevar a nuestras relaciones paternofiliales, de amistad o compañerismo, aunque claro está, con matices diferentes.

Los propósitos no relacionados con un plan de acción consciente no se realizan, solo existen deseos frustrados

 

                       Reflexiones para vivir con propósito: 

 

Para tener el control de nuestra propia vida, tenemos que saber lo que queremos y a dónde queremos llegar                              

¿Qué quiero para mí en cinco, diez, veinte años?

¿En qué quiero que consista mi vida?

¿Qué quiero lograr como profesional o en mis quehaceres cotidianos?

¿Deseo emparejarme, casarme, ¿por qué? ¿qué propósito tengo?

Si deseo tener hijos, ¿por qué?,¿cuáles son mis metas en mi relación con mis hijos?

¿Si tengo aspiraciones intelectuales o espirituales, ¿cuáles son?

Si quiero hacer cambios en mi estilo de vida, ¿qué tengo que hacer con relación a ello?

¿Están mis metas enfocadas con claridad o son vagas y poco definibles?

Para que nuestros propósitos no sean ensoñaciones

¿Cómo voy a llegar hasta allí desde aquí?

¿Qué acciones son necesarias?

¿Qué pequeños propósitos tengo que conseguir hasta llegar a mi propósito final?

Si son precisos conocimientos nuevos, ¿cómo voy a conseguirlos?

Si se necesitan recursos nuevos, ¿cómo voy a adquirirlos?

¿Asumimos la responsabilidad de concretar los pasos de acción necesarios para llegar a la meta final?

-Prestar atención al resultado de nuestros actos, para averiguar si conducen a donde queremos llegar

¿Funciona mi estrategia y mi táctica? ¿Estoy llegando a donde quiero ir?

¿Están produciendo mis acciones los resultados esperados?

Por ejemplo, amenazar y gritar sin parar a nuestros hijos o subalternos puede conseguir una conformidad a corto plazo, pero provocando resentimiento y rebeldía a largo plazo.

Trabajar sin parar puede ser una fuente de enriquecimiento económico y prestigio social o una escapatoria a un malestar emocional en detrimento de la salud, el disfrute personal y familiar

Si prestamos atención a los resultados, podremos conocer no solo si estamos consiguiendo nuestras metas sino también que podemos estar consiguiendo algo que nunca pretendíamos y que puede disgustarnos.

                                            Si yo no hago algo, no va a cambiar nada

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