El Triángulo Dramático de Karpman

Hoy voy a hablar del 𝐓𝐑𝐈𝐀́𝐍𝐆𝐔𝐋𝐎 𝐃𝐑𝐀𝐌𝐀́𝐓𝐈𝐂𝐎 𝐃𝐄 𝐊𝐀𝐑𝐏𝐌𝐀𝐍, que es un modelo psicológico perteneciente a la terapia del Análisis Transaccional, donde explica que existen tres formas de relación dañinas que se pueden dar entre dos o más personas.

Estas interacciones nocivas se basan en diferentes estados mentales que llevan a las personas a ejercer un determinado rol con el objetivo de dominar; ser apreciados o que las cuiden. Son los denominados 𝐫𝐨𝐥𝐞𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐏𝐞𝐫𝐬𝐞𝐠𝐮𝐢𝐝𝐨𝐫, 𝐞𝐥 𝐒𝐚𝐥𝐯𝐚𝐝𝐨𝐫 𝐲 𝐥𝐚 𝐕𝐢́𝐜𝐭𝐢𝐦𝐚.
Se caracterizan por ser defensas emocionales que se adquieren en la infancia para protegerse de un estrés o tensión emocional persistente derivados de patrones de relación familiar disfuncionales. 

S. Karpman lo ejemplifica con un triángulo porque las personas pueden pasar por los tres vértices o roles a la hora de manejar una situación incómoda o conflictiva, atrapándolas en estados de drama improductivos y sin sentido; aunque siempre va a predominar el rol que se le fue asignado de pequeño o el que le permitió sentirse visto, sentido o querido.
  
 𝑬𝒍 𝒓𝒐𝒍 𝒅𝒆𝒍 𝑷𝒆𝒓𝒔𝒆𝒈𝒖𝒊𝒅𝒐𝒓: 𝒍𝒂 𝒎𝒆𝒋𝒐𝒓 𝒅𝒆𝒇𝒆𝒏𝒔𝒂 𝒆𝒔 𝒖𝒏 𝒂𝒕𝒂𝒒𝒖𝒆

Se compone de la voz crítica y condenatoria internalizada de los mayores que intentaban proteger, manipular y controlar. 
        
Se activa cuando la persona se siente amenazada y se protege mediante la crítica, el hostigamiento, la frialdad emocional, una actitud de superioridad o el castigo como medio de dominio y control.

Esto es debido a que la persona proyecta su miedo sobre los demás y buscará a un “enemigo” o «enemigos» para echarle la culpa de su malestar. De esta forma, evitará mirarse hacia adentro para determinar la causa de su vergüenza, preocupación o inseguridad.

En el fondo de esta dureza se encuentra un niñ@ interior vulnerable debido a la falta de cariño, validación y a la vergüenza sentida de pequeño, por lo que tuvo que reprimir la tristeza y la rabia que saldrá como un disparo de furia ante cualquier interacción que pueda dejar al descubierto su vulnerabilidad.

𝑬𝒍 𝒓𝒐𝒍 𝒅𝒆𝒍 𝑺𝒂𝒍𝒗𝒂𝒅𝒐𝒓: 𝑵𝒐 𝒐𝒔 𝒑𝒓𝒆𝒐𝒄𝒖𝒑𝒆́𝒊𝒔, 𝒆𝒔𝒕𝒐𝒚 𝒂𝒒𝒖𝒊́ 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒔𝒂𝒍𝒗𝒂𝒓𝒐𝒔

Se caracteriza por una antigua voz familiar y de ciertos sectores de la sociedad que predicaban que para ser una buena persona era necesario sacrificarse por la felicidad y bienestar de los demás en detrimento propio.

Con frecuencia, estas personas han aprendido que ser buenos y complacientes era la mejor forma de evitar o apaciguar los conflictos familiares y sentirse queridos e importantes, sintiendo mucha culpabilidad si anteponían su propio interés.

Aunque pueden estar orgullosas de su supuesta «bondad», en el fondo pueden sentir un vacío o resquemor debido a que la felicidad no depende del bienestar que se aporte a los demás, sino del amor, los cuidados a uno mismo y la búsqueda de propósitos personales.

Con frecuencia, esta ayuda salvadora puede traer más problemas que soluciones, pudiendo provocar en las personas implicadas un intercambio de posicionamiento de roles.

Una manera de detectar al salvador que llevamos dentro es cuando hacemos algo que no queremos hacer por los demás o hacemos más de lo que nos corresponde.

𝑬𝒍 𝒓𝒐𝒍 𝒅𝒆 𝒗𝒊́𝒄𝒕𝒊𝒎𝒂: 𝑨𝒚𝒖́𝒅𝒂𝒎𝒆, 𝒔𝒐𝒍𝒐 𝒏𝒐 𝒑𝒖𝒆𝒅𝒐

Es la voz del niño interior herido que se manifiesta cuando la persona se siente víctimas de su mala suerte, su pasado, de unos genes defectuosos o de las manipulaciones de los demás; por lo que permiten que otros se hagan cargo de sus vidas y cuiden de ellos.

El origen de este rol puede deberse tanto a una sobreprotección como a negligencia parental o a hechos traumáticos, donde el niñ@ se sintió en peligro, débil, indefenso o insignificante. 

Las víctimas pueden sentir mucha ansiedad y vergüenza porque se ven incapaces de afrontar la vida y las relaciones con seguridad y confianza. Esto se debe a la poca consideración y amor que se tienen que van a obstaculizar la toma del timón de sus vidas con determinación y valentía. Es muy común que detrás de una víctima haya un salvador y un perseguidor que inconscientemente están favoreciendo este posicionamiento infantil.

Para salir de estados emocionales dañinos será necesario que seamos conscientes de cómo nos sentimos y reaccionamos ante interacciones molestas o conflictivas y cómo los demás nos quieren enganchar al triángulo dramático.

Observar lo que nos decimos y sentimos y cuáles son nuestras pautas de conducta a la hora de relacionarnos, sin enjuiciamiento de ningún tipo. 

Seamos honestos y sinceros con nosotros mismos y con los demás, así como desprendernos de los sentimientos de vergüenza, culpabilidad y victimismo que son los que mantienen el triángulo dramático. Y la forma de desprenderse es priorizarnos siempre, buscar lo que nos haga felices. De esta forma, evitaremos tener nuestro propio triángulo dramático interno que es el que realmente propicia la activación del drama en nuestras relaciones con los demás.

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