La mayoría de los trastornos psicológicos están formados por emociones dolorosas no procesadas adecuadamente por el cerebro, debido al impacto emocional de un hecho traumático o a la falta de recursos cognitivos y de apoyo, característicos de los trastornos de apego en la primera infancia y preadolescencia.
Dichos trastornos originan esquemas afectivos disfuncionales de carácter inconsciente, que afloran automáticamente cuando algo recuerda el dolor emocional original, obstaculizando el equilibrio psicológico en el presente.
Por ello, es necesario acceder al paisaje emocional interno de la persona para cambiar los patrones disfuncionales por otros que aporten estabilidad, comprensión, resiliencia y crecimiento personal.
Este trabajo se lleva a cabo en dos fases:
Primera fase. Consiste en ayudar a la persona a que sea consciente de su experiencia afectiva y corporal, aceptarla y expresarla verbalmente, otorgándole un significado personal. Al mismo tiempo, se aportan habilidades para manejar la desregulación fisiológica y cognitiva, de modo que no se deje atrapar por el fluctuante malestar afectivo que predispone a actuar de manera impulsiva; por ejemplo: la huida ante el miedo o la ansiedad; la ira cuando se percibe una injusticia; el aislamiento ante la vergüenza; o la búsqueda de atención y protección ante la tristeza.
De esta manera, se toma control del malestar para empezar a trabajar en lo que se necesita y se quiere hacer para resolver las dificultades.
Al mismo tiempo, se identifican las creencias negativas o irracionales que arrastra la persona desde las circunstancias adversas en relación consigo misma, con los demás y con el mundo. Esto nos lleva a determinar qué necesidades o deseos insatisfechos están en la base de la perturbación emocional, como la necesidad de amor, seguridad, aceptación, protección, validación, compañía y consuelo.
Segunda fase. Es la de la intervención y consiste en que, una vez la persona sea capaz de acceder a sus necesidades insatisfechas junto con la emocionalidad asociada (inseguridad, miedo, tristeza, vergüenza o rabia), se reprocesan los incidentes traumáticos y se reparan las necesidades que no se pudieron cubrir en su momento mediante técnicas de intervención experienciales apropiadas a cada caso. Estas pueden ser guiadas mediante imaginación y juegos proyectivos, o a través de un reprocesamiento cerebral espontáneo como el abordaje EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares o Estimulación Bilateral).
El objetivo es transformar las emociones y creencias negativas en otras más adaptativas, que conduzcan a la persona a adquirir una nueva visión de sí misma y de los hechos acontecidos, reflejada en una narrativa libre del sufrimiento y la confusión de la carga traumática:
«Esto fue lo que me pasó y significó para mí. Ya no me quiebro y sigo adelante.»



